lunes, 11 de octubre de 2010

LAS VENAS


Por Eduardo Galeano

EL ARCO IRIS ES LA RUTA DEL RETORNO A GUINEA

“Los dioses africanos continuaban vivos entre los esclavos de América como vivas continuaban, alimentadas por la nostalgia, las leyendas y los mitos de las patrias perdidas. Parece evidente que los negros expresaban así, en sus ceremonias, en sus danzas, en sus conjuros, la necesidad de afirmación de una identidad cultural que el cristianismo negaba. Pero también ha de haber influido el hecho de que la Iglesia estuviera materialmente asociada al sistema de explotación que sufrían. A comienzos del siglo XVIII, mientras en las islas inglesas los esclavos convictos de crímenes morían aplastados entre los tambores de los trapiches de azúcar y en las colonias francesas se los quemaba vivos o se los sometía al suplicio de la rueda, el jesuita Antonil formulaba dulces recomendaciones a los dueños de ingenios en Brasil, para evitar excesos semejantes: «A los administradores no se les debe consentir de ninguna manera dar puntapiés principalmente en la barriga de las mujeres que andan preñadas ni dar garrotazos a los esclavos, porque en la cólera no se miden los golpes y pueden herir en la cabeza a un esclavo eficiente, que vale mucho dinero, y perderlo». En Cuba, los mayorales descargaban sus látigos de cuero o cáñamo sobre las espaldas de las esclavas embarazadas que habían incurrido en falta, pero no sin antes acostarlas boca abajo, con el vientre en un hoyo, para no estropear la «pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que recibían como diezmo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su absolución cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecadores. El misionero apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus sermones a los negros: «!Pobrecitos! No os asustéis porque sean muchas las penalidades que tengáis que sufrir como esclavos. Esclavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre tenéis el alma para volar un día a la feliz mansión de los escogidos».

Un jueves santo, el ronde de Casa Bayona decidió humillarse ante sus esclavos. Inflamado de fervor cristiano, lavó los pies a doce negros y los sentó a comer, con él, a su mesa. Fue la última cena propiamente dicha. Al día siguiente, los esclavos se sublevaron, y prendieron fuego al ingenio. Sus cabezas fueron clavadas sobre doce lanzas, en el centro del batey.

El dios de los parias no es siempre el mismo que el dios del sistema que los hace parias. Aunque la religión católica abarca, en la información oficial, el 94 por ciento de la población de Brasil, en la realidad la población negra conserva vivas sus tradiciones africanas y viva perpetúa su fe religiosa, a menudo camuflada tras las figuras sagradas del cristianismo. Los cultos de raíz africana encuentran amplia proyección entre los oprimidos -cualquiera que sea el color de su piel. Otro tanto ocurre en las Antillas. Las divinidades del vudú de Haití, el bembé de Cuba y la umbanda y la quimbanda de Brasil son más o menos las mismas, pese a la mayor o menor transfiguración que han sufrido, al nacionalizarse en tierras de América, los ritos y los dioses originales. En el Caribe y en Bahía se entonan los cánticos ceremoniales en nagó, yoruba, congo y otras lenguas africanas. En los suburbios de las grandes ciudades del sur de Brasil, en cambio, predomina la lengua portuguesa, pero han brotado de la costa del oeste de Africa las divinidades del bien y del mal que han atravesado los siglos para transformarse en los fantasmas vengadores de los marginados, la pobre gente humillada que clama en las favelas de Río de Janeiro: Fuerza bahiana, fuerza africana, fuerza divina, ven acá. Ven a ayudarnos”.

· Fragmento incluido en Las Venas Abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, 1971.


sábado, 9 de octubre de 2010

SOMBRA

Fueron unas montañas estilo gótico. Al ratos las nubes se despejaron con la vida, mientras en el fondo, yo sabía (y eso me daba la calma y la paz) que había sembrado una planta de manzanas que brotó en el fondo de mi casa, o en algún rincón del mundo. O era una planta de duraznos la que planté. O era una duda. O ni siquiera fui yo. O todo sucedía en el fondo del río.
Ignoro el por qué de algunos acordeonados vacíos de palabras que a veces nos brotan. Dudo que sean naturales o forzados. Convexos o cóncavos. De miel o de limón. Sin embargo, la posibilidad (en el caso de existir) de que se efimeren para siempre aparece como una sombra dentro de algunos de nuestros munditos.

Ignoro también si alguna vez pude golpear la puerta de tu luna, y ayudarte a romper el tiempo y el lugar a carcajadas (como aquella vez pasó). En el peor de los casos, sólo existimos el uno en el otro para fingirnos. Pero también es verdad que se nos da por regalarnos algo.
Buscar tu real identidad en el piso de La Tierra es casi igual a revolcarnos en una gran caja de cartón. Imposible, como los únicos paraísos existentes. Remover el antipróspero pasado de nuestro absurdo imán sería como suicidarme en tus pies.
Espero alguna vez caer en tu “generoso” mundo, aunque sea paracaideando. Aunque me golpee, aunque apenas logre ser en vos una distracción o un espejismo dado vuelta, parecido a ese chiste que a alguien se le ocurrió una vez que debía llamarse vida. Y recordar las sabias palabras de la rana.

viernes, 8 de octubre de 2010

EL DIA PEOR


Ni siquiera se dio cuenta cuándo sucedió. Hubo un latir (sus botas daban fiel cuenta de eso). La mañana siguiente fue como las anteriores y como las otras. Las memorias de pasados y futuros transformaron al presente y a los presentes. Los ausentes tuvieron media falta eterna.
A la hora de compartir el pan y el vino no se notó tanto (mucho menos a la hora del vino, que no fue una sino varias). Sin embargo, las rejillas dejaron ver más.
A partir de allí las decepciones se multiplicaron al cubo, pero hubo risas impalpables que defendieron la vida de la vida. Se hicieron esfuerzos en todos los barrios y en todos los planetas. La prueba duraría veinte mil años y un día, aunque la mayoría no lo percibiría (debido a la debida automaticidad a la que se debían).
Los resultados serían mínimos, pero esto no les importaría ni a unos ni a otros. El tiempo ganaría por nocaut, aunque las revoluciones de los corazones estallarían en todas las lunas. Ni siquiera las palabras podrían aclarar el panorama.

Nadie supo jamás qué pasó. Cuenta la historia que los que habían podido sentir algo (de coraje o de autenticidad) se dedicaron a contar la historia, y que los envases visiblemente vacíos fueron destruidos por la salvaje maquinaria a la hora indicada. Quizá éstos merecerían una mejor suerte en la próxima vida (es decir, en la de otros). Quizá todo había sido una mentira, como el mañana y el destino.

Cuando soltó la lapicera y volvió a ponerse las botas, quiso romperse la cara contra el espejo por anteúltima vez. Pero decidió que mejor sería volver a intentar que crezca una flor en el cemento.

miércoles, 6 de octubre de 2010

UN BAZAR SIN TAMBOR

Lo que más cuesta es poder activarlo de la mejor manera. Pararla de pecho y salir jugando con un sombrerito a todo cuore.

¿Quién puede dar fe de estar haciéndolo bien? Pero en todas las formas, desde todos los paradigmas y a todo color. Algo así como advertir un segundo antes cada encuentro con lo esencial, pero sin abandonar aquel sentimiento tan primitivo y real que no se diluye por nada. ¿Qué clase de audacia creés haber adquirido para dominar cada marcha y contramarcha de la danza que hacemos fluir? Ni siquiera existe un lugar donde puedas guardar eso.

Una vez, en el rincón semioscuro de las tinieblas, pronuncié una palabra y se abrió un cofre. Tuve que repetirla a gritos para acreditar el suceso. ¿Podés verlo? No podrías hacer nada contra eso. También es cierto que me tocó en alguna oportunidad estar del otro lado de la tormenta, mirando tus películas, adivinando con qué calibre ejecutarías el próximo ataque.

Cierta mañana el río se agolpó en mi orilla, recolectando los recuerdos de una década. Trajo hasta mi la basura que alguna vez arrojé a escondidas y me devolvió los regalos perdidos. Allá vienen de vuelta, a paso firme ¿los escuchás?, son sólo parte de un latido. No quieren ser como esos caramelitos envueltos por dentro.

Lo que más cuesta, decía, es poder secuenciar la imaginación, que no es igual a correr 800 yardas disparando para cualquier costado. No me alcanza con tu formulita mágica de as de ases, ni con bailar la conga cada vez que arranca la matiné. Lo que queda es solamente una pincelada. Algunas pinceladas. Demasiado cerca y lejos a la vez.

CITA A CIEGAS


Un torero en bolas. Ese que camina las calles silbando canciones que no se sabe o que no existen. El de la tabla sin múltiplos. Un suicida con una lapicera. El de la fucking melancolía. Un speed con speed.

Una gotita en el viento del desierto. El abominable hombre de los fuegos. El muñeco de mediados de año. Ese que, con carpa, corre hacia la còmoda nada. Ese cuadradito cuadriculado a pulso parkinsero, el del vinito volcado en el pecho, el que espía para adentro, el artesano carente de moulinex y de palabritas por arriba del moño.

Ese carrito sin melones, el cheque en negro, el antiruido que tontea por la ciudad. El de la llave perdida, el del colectivo lleno, el que hasta teme que nunca llegue el encuentro del próximo diluvio.

Ese soy en los momentos que transcurro acompañado de la soledad, la tristeza y la nostalgia, cuando con este tonto que soy no están esos seres que amo y admiro. Esas horas de mierda por día en las que no hay nadie, y pienso, como el tonto que soy, en los que no están, y en los que ya nunca estarán de nuevo. Los momentos en los que aniquilo mi corazón a preguntas y mi cabeza a martillazos. Esos ratos de antifelicidad en los que siempre nunca hay nadie. Y derivo, si, me voy por ahí a sufrir por otros. Pienso en ese pendejito que iba a manguear a la puerta del supermercado, un guachito, tendría 9 o 10 años, bastante pícaro, con algo de maldad propia del entorno, y no puedo borrar de mi mente la carita con la que cantaba el fantasma de Arbol, y pienso que un día pregunta si david no viene más, y alguno que le dirá que no, y ya te dije que no rompas más las pelotas por acá, y que no te queremos ni ver. Y me pregunto adónde irá toda esa mierda de rencor absurdo, y lo imagino de pegamento o de paco y me quiero matar, y después (aunque me aferro a la posibilidad de que no suceda) metiendo caño por ahí y cagado a palo por la policía, y después, claro, estos cabeza de mierda y todo eso. Ese cruel desconocimiento de causantes y complicidades, alineado a estigmatizaciones tenaces y viles señalamientos, entre otros males. Y él sí que entendió el fantasma, y yo lo entendí con él ese día. Y me avergüenzo de creerme sufrir por sus dolores, los que conozco y los que no, sobre todo estos últimos. Y no quiero más lola. Sólo confiar en que llegarán vientos de posibilidades e inclusión algún día, parecidos a esos momentos de felicidad que me regalan ustedes, los que quiero, los caminos con corazón, esos que le dan sentido a la vida.

martes, 5 de octubre de 2010

CAMINA QUE TE CAMINA

"No todas las rosas del campo son del rey"
Miguel Abuelo


Antes parecía que era más (era para tanto), después ya no fue tan así, pero llevó recreos dilapidados y noches de alcoholes baratos para poder descifrarlo (pasó más de una vez). Más tarde pudimos darnos cuenta de que tampoco (tan poco) nada de todo esto puede conseguirse con facilidad, más allá de la película que cada uno se ponga en la cabeza.
Lo más importante seguramente sea abrir los ojos y pestañear a tiempo, para no regalar los pedazos rotos del espejo interior (lo mejor que nos queda), para no quedar en cuatro a la idiotez. Siempre hay un sueño vivo latiendo, aunque no esté muy visible de momento. Un sueño que, de una vez, arrase con el barro de ayer o de antes de ayer. Nunca es nunca para siempre, y por eso no da para ahorcarse por una palabra. Algunas cosas es mejor que no sucedan. Que no tengan lugar.
De todas maneras, más vale jugarse la vida todas las veces, que arrodillarse a mirar televisión hasta que llegue el lunes otra vez (no sea cosa que alguien se arrepienta demasiado tarde y algún día lo liquiden de remate y por martillero público).

lunes, 4 de octubre de 2010

NOCHE COMUN

Y tal vez pudo escapar de la vereda de enfrente por un rato (boqueando y a los tirones). Haciendo un esfuerzo (acaso el más intenso) logró llegar hasta la rambla. No supo de mi existencia más que por una copita de algo. Era (o creí que era) un sujeto tácito y en tercera persona.

Después, yo (perdido con mi estupidez y todo), casi pude terminar siendo un viejo predicado de otra frase sin verbo en vivo.

THE MR BROWNSTONE WORLD

Más fácil era cuando todo esto recién empezaba y que, acaso, alguno quedaba revolcado en Block, en Los Naranjos o en el otro patio. Ahora nos tiran con las municiones más crueles, y llevar una vida antibalas tampoco alcanza para evitar sufrir el proceso. Tampoco soñamos ya con desactivar todas las bombas (la otra noche casi vuelvo a caer de cabeza en una moneda de diez centavos, y hasta te confieso que me la quedé mirando unos segundos).

A veces confirmar que el tiempo también es circular rompe un poco las pelotas. A veces. También es cierto que no sabemos bien qué carajo hacemos hoy en el mundo ni por qué nos tocó vivir este tiempo equivocado. Así y todo ya aprendimos con los años algunas cuestiones que nos devuelven los siete sentidos (ej. no estudiar pa’ vigilante). ¿Te acordás del otro día cuando dije que creía en la existencia de la magia? Vos también sabés que está ahí (yo te vi encontrarla varias veces en el fondo -o trasfondo- de una copa o en alguna mano de truco).

Vos también sabés bien por qué desconfiamos de unas cuantas reglas y hasta corremos felizmente tristes a contramano. Conocés en serio los motivos que nos sobran.

Como varios de nuestros aliados. Aunque duela. Aunque siempre haya un enemigo avanzando a paso redoblado.

PD: "Dále, dame la cerveza", dijo un cronopio en el laberinto de una nocturna Pza. San Martín. Salud.

(Tuve que cambiar el título original para que nadie la flashee más o menos mal con la sigla, puesto que siempre hay alguien dispuesto o indispuesto...).