viernes, 8 de octubre de 2010

EL DIA PEOR


Ni siquiera se dio cuenta cuándo sucedió. Hubo un latir (sus botas daban fiel cuenta de eso). La mañana siguiente fue como las anteriores y como las otras. Las memorias de pasados y futuros transformaron al presente y a los presentes. Los ausentes tuvieron media falta eterna.
A la hora de compartir el pan y el vino no se notó tanto (mucho menos a la hora del vino, que no fue una sino varias). Sin embargo, las rejillas dejaron ver más.
A partir de allí las decepciones se multiplicaron al cubo, pero hubo risas impalpables que defendieron la vida de la vida. Se hicieron esfuerzos en todos los barrios y en todos los planetas. La prueba duraría veinte mil años y un día, aunque la mayoría no lo percibiría (debido a la debida automaticidad a la que se debían).
Los resultados serían mínimos, pero esto no les importaría ni a unos ni a otros. El tiempo ganaría por nocaut, aunque las revoluciones de los corazones estallarían en todas las lunas. Ni siquiera las palabras podrían aclarar el panorama.

Nadie supo jamás qué pasó. Cuenta la historia que los que habían podido sentir algo (de coraje o de autenticidad) se dedicaron a contar la historia, y que los envases visiblemente vacíos fueron destruidos por la salvaje maquinaria a la hora indicada. Quizá éstos merecerían una mejor suerte en la próxima vida (es decir, en la de otros). Quizá todo había sido una mentira, como el mañana y el destino.

Cuando soltó la lapicera y volvió a ponerse las botas, quiso romperse la cara contra el espejo por anteúltima vez. Pero decidió que mejor sería volver a intentar que crezca una flor en el cemento.

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Hicieron camino al andar